¿Cuántas veces hemos escuchado la frase "con la comida no se juega"? Crecimos pensando que la hora de comer era un momento rígido, de rendimiento, donde el plato tenía que quedar limpio y los alimentos cumplían una única función: ir directo a la boca.
Pero si lo pensamos bien, para un niño —y para cualquier persona que esté reaprendiendo a relacionarse con la comida— el plato es un lienzo desconocido. Antes de tragar un alimento, necesitamos conocerlo: saber a qué huele, qué temperatura tiene, si hace crunch al morderlo o si se deshace en los dedos.
Para que la hora de comer deje de ser una batalla y se convierta en una zona de curiosidad, aquí te comparto tres ideas de juegos sensoriales para hacer en casa, libres de presión y sin etiquetas de "bueno" o "malo".
Ideal para cuando hay mucha resistencia a probar cosas nuevas. Una misión secreta donde los sentidos actúan paso a paso:
- Fase 1 — Radar visual y olfativo: Mirar el alimento de cerca y adivinar a qué huele.
- Fase 2 — El pico del pájaro: Acercar el alimento a la nariz o darle un besito con los labios.
- Fase 3 — El lametón del gatito: Pasar la lengua rápidamente para descubrir si es salado, dulce o ácido.
¿Quién dijo que los ingredientes solo sirven para masticar? En una hoja grande, dibuja círculos de colores y usa alimentos reales que correspondan a esos tonos (puré de arvejas para el verde, polenta cocida para el amarillo).
El objetivo es mancharse, aplastar, estrujar y pintar con las manos. Si alguien se lleva el dedo a la boca, ¡genial! Y si solo disfrutaron la consistencia, la experiencia sensorial ya fue un éxito.
Dale al niño un plato vacío y una variedad de ingredientes. Usando pinzas de cocina o los dedos, deben construir un monstruo, un autorretrato o un paisaje divertido.
- “Haz que el monstruo saque la lengua usando una tira de queso”
- “Rompe el palito de zanahoria haciendo el sonido más crujiente posible”
