Si tienes un hijo adolescente, probablemente esta escena te resulte familiar: llega del colegio, responde algunas preguntas rápidamente y se va directo a su pieza. Cierra la puerta, toma el celular, escucha música o simplemente quiere estar solo.
Y aparece la duda: “¿Será normal que quiera estar tanto tiempo encerrado?”
En muchos casos, sí. Durante la adolescencia aumenta la necesidad de privacidad, autonomía y espacios propios. Sin embargo, existe una diferencia entre necesitar privacidad y aislarse porque algo no está bien. Aprender a reconocerla puede ayudar a las familias a acompañar esta etapa sin invadir, pero también sin pasar por alto señales importantes.
La adolescencia implica un proceso progresivo de independencia. Es esperable que un adolescente:
- Quiera pasar más tiempo solo.
- Prefiera conversar con sus amigos sobre determinados temas antes que con sus padres.
- Se moleste cuando siente que invaden su espacio.
- Pase tiempo escuchando música, jugando, conversando con amigos o usando redes sociales.
- Comience a cuestionar algunas reglas familiares.
Si continúa relacionándose con otras personas, mantiene sus actividades habituales y puede participar de la vida familiar, pasar más tiempo en su habitación no necesariamente constituye una señal de alarma.
Lo importante es observar los cambios. Un adolescente que de manera repentina comienza a aislarse merece más atención que uno que siempre ha disfrutado pasar tiempo solo.
Ya no quiere salir, evita reuniones, deja de responder mensajes o comienza a distanciarse de personas que anteriormente eran importantes para él.
Deporte, música, videojuegos, talleres o cualquier actividad que anteriormente le generaba interés comienza a perder importancia. Cuando aparece una pérdida generalizada del interés, vale la pena preguntarnos qué está ocurriendo.
Tristeza persistente, irritabilidad intensa, preocupación constante o respuestas emocionales mucho más fuertes de lo habitual. La señal aparece cuando el cambio se mantiene en el tiempo y comienza a interferir en su vida cotidiana.
Disminución importante del rendimiento, ausencias frecuentes, dificultad para levantarse para ir al colegio o abandono de responsabilidades pueden acompañar un momento de dificultad emocional.
Dormir prácticamente todo el día, pasar gran parte de la noche despierto, dejar de comer o presentar cambios importantes en la alimentación también merece atención.
Los padres conocen la historia de sus hijos y muchas veces detectan pequeños cambios antes de poder explicar exactamente qué está ocurriendo. Esa percepción puede justificar abrir una conversación y observar con mayor atención.
Preguntas insistentes como “¿Qué te pasa?” o “¿Por qué estás encerrado?” pueden provocar exactamente lo contrario. Una alternativa puede ser comenzar desde lo que observamos:
Después viene probablemente la parte más difícil: escuchar. No intentar solucionar inmediatamente, no minimizar, no convertir la conversación en un interrogatorio. Si responde “no quiero hablar”, podemos decir:
A veces, saber que existe un adulto disponible y seguro es más importante que conseguir una respuesta inmediata.
No es necesario esperar hasta que exista una crisis. Puede ser recomendable solicitar orientación cuando los cambios:
- Son intensos y se mantienen durante varias semanas.
- Interfieren con el colegio, las relaciones o la vida familiar.
- Generan sufrimiento en el adolescente.
- La familia ha intentado acercarse y siente que no sabe cómo ayudar.
En Centro Sembrando Amor acompañamos a adolescentes y sus familias desde una mirada respetuosa de esta etapa del desarrollo. Nuestro trabajo puede incluir psicoterapia individual, orientación para madres y padres y coordinación con otros profesionales o con el establecimiento educacional.
La psicóloga Karen Inostroza trabaja con adolescentes y adultos, con formación en Psicología Cognitivo-Conductual. Las atenciones pueden realizarse presencialmente en Buin o en modalidad online.
